
En el Egipto de los faraones la magia impregnaba todos los aspectos de la vida cotidiana, tanto en el ámbito oficial como en las actividades más íntimas.
Creían los egipcios en una fuerza divina de la que los hombres que tenían conocimiento podían disponer.
En la magia «benéfica», los poderes malignos podían ser vencidos por el mago y obligados, por ejemplo, a que cesaran en el daño que estaban causando a un niño enfermo o a una mujer que estaba dando a luz.
Muy distinta era la magia «maléfica», o hechicería, en la que el mago buscaba alcanzar un mal, como, también a modo de ejemplo, conseguir que alguien a través de acciones ilícitas consiguiese el amor de una mujer. Para lograr esta finalidad el mago oficiante no dudaba, incluso, en proferir amenazas a los propios dioses o espíritus.
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